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11 julio, 2011

Osvaldo Andrade en “El Semanal” de La Tercera

OAL-ElSemanal

Reportaje realizado para el suplemento del diario La Tercera “El Semanal”, Edición Domingo 10 de Julio, 2011.

El mejor consejo que recibí de mis padres fue que en la vida no hay que ponerse nunca huevón. De mi madre, lo que más respeto es su perseverancia; y de mi padre, su don social, su capacidad de ser amigo de todo el mundo.

Fui basquetbolista profesional, seleccionado chileno. Pero más me hubiera gustado ser futbolista profesional. Jugué fútbol en quinta en Colo Colo hasta que mi entrenador, don José Santos Arias, me dijo que si quería estirarme un poquitito -pues me estaba quedando pachachito- practicara básquetbol. Yo tenía como 15 ó 16 años. Con eso, Chile consiguió un muy buen jugador de básquetbol, pero se perdió a un extraordinario jugador de fútbol.

El básquetbol me dejó dedos chuecos, unas costillas fracturadas y un tremendo recuerdo: viajé, conocí mucha gente; era un ambiente muy rico. Comencé a jugar en Puente Alto, en el Victoria Nacional. Por el año 74 salí a jugar por Chile en Uruguay y tuve que pedir autorización a la Fiscalía Militar, y mientras jugaba por Chile tenía que dar cuenta de mi estadía en Montevideo al entonces cónsul, que era un señor de la Armada. Era bien divertido: en las mañanas tenía que decir estoy presente, y en la tarde representaba a Chile en el campeonato.

Hoy ya no juego a nada. Jugué hasta Senior en el Sergio Ceppi de La Cisterna. Lo había dejado antes de entrar al Ministerio del Trabajo (2006-2008). Tampoco juego pichangas, es peligroso, sobre todo en el caso de uno, cuando se cargan algunos kilos de más.

Jugué básquetbol por la Católica y entré a estudiar Leyes ahí, entre otras cosas, porque ya jugaba en juvenil en la UC; pero no tengo ninguna adhesión, he sido colocolino toda mi vida. Y también colecciono chunchos. No tengo ningún conflicto con eso.

El político del que más he aprendido es Salvador Allende, porque él expresó dos cuestiones que para mí son centrales en la política: consecuencia y voluntad de ganar.

Ser socialista se aprende, no se nace con ello. Por cierto, a mí me marcó mucho que mi padre fuera socialista (fue regidor en los tiempos de Frei Montalva).

El leninismo es una convicción política que ya no tengo.

Lo más difícil en una negociación es determinar cuál es el punto final de la negociación. Uno, cuando hace una negociación, siempre queda con la duda de si pudo haber avanzado más. Cuando se consigue todo, ya no es negociación, ahí uno se impuso. Con mucho esfuerzo se aprende a negociar.

Una sociedad ideal para mí es aquella en la que al nacer somos todos iguales y donde se garantice esa igualdad durante el transcurso de la vida. Y donde tengamos todos el mismo derecho a acceder a bienes sociales y la posibilidad de acceder, no sólo el derecho.

Me gustaba más ser ministro. Se hacen más cosas y se ve la concreción de las cosas que se hacen. El parlamentario tiene menos capacidad de concretar sus anhelos. Depende de muchos otros factores, que exceden la sola voluntad o incluso de la sola conducta. Yo puedo aprobar un proyecto de ley en la Cámara de Diputados que me sea muy satisfactorio, pero después pasa al Senado, en alguna parte se mete el gobierno, después se tiene que promulgar. Es muy complejo el proceso. Cuando uno es ministro, tiene mandato, tiene equipos, tiene información, es un mundo de mucha más concreción.

Poner la vida en manos de otro y que otro ponga la vida en manos tuyas es tal vez la emoción y el sentimiento más fuerte que puede tener una persona. Ese es uno de los recuerdos más intensos que tengo de los años en que usé las chapas de “Marcelo” y de “Moncho”. Lo que me produce mucha tristeza de esos años es Villa Grimaldi.

A veces exagero el carácter, soy muy duro. Ese es mi mayor defecto.

El placer que me provoca más culpa es comer. Y lo que como con más gusto son los porotos, de cualquier tipo y hasta en ensaladas.

“No odies a tu enemigo, anula la razón”. Es una frase de El Padrino que suelo repetir.

Yo soy de los que creen que uno nunca tiene que arrepentirse de lo que ha hecho. De lo único que hay que arrepentirse es de lo que no se ha hecho.

Soy casi enfermo de ordenado. En mi escritorio cada cosa está en su cajita, mis carpetas están todas ordenadas, separadas por color y nombre. En mi casa, la ropa está completamente ordenada en el clóset, en mi auto… Si me desordenan mis cosas no me enojo, pero lo ordeno altiro. No puedo pasar por un lugar donde haya un papel botado y no recogerlo, me incomoda. Mi papá era así también, enfermo de ordenado, de recoger los clavos en el patio y ponerlos en el lugar que corresponde. Y el menor de mis hijos salió igual.

Me gusta bailar tango y ritmos tropicales. Bailo hartos bailes de folclore chileno, pero no soy bailador de cueca. Bailo trote, cachimbo, refalosa, de épocas en que estuve en grupos de cueca.

Mi escena de ocio perfecta es sentado en un sillón, cómodo, viendo un partido de fútbol o un partido de la NBA. La Copa América me la voy a saborear completa.

 

Me gusta mucho viajar, pero por tierra. Me aburren los aviones y los aeropuertos. Lo más lejos que he ido por tierra es a Uruguay. Me gusta ir mirando, preguntando.

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